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EL ESPÍRITU DEL YOGA |
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A lo largo de los tiempos, el ser humano siempre ha anhelado algo tan simple como “saber vivir” la vida. Y la propia simpleza de ese planteamiento es lo que, precisamente, nos ha alejado de su realización. Se han propuesto muchos caminos (métodos, filosofías, escuelas de pensamiento…) para llegar a esa meta. El yoga, desde sus inicios perdidos en el tiempo, ha sido y es uno de los más certeros en su planteamiento:
-claro en objetivos -directo en la práctica, -contundente en sus resultados.
Sin embargo, algo ha debido fallar con el transcurrir de los años. Lo que comenzó siendo una enseñanza esotérica, transmitida de maestro a discípulo de forma oral, se democratizó abriéndose las posibilidades de la práctica a una generalidad de personas. Y, no obstante, los objetivos de esta disciplina no terminan de ser alcanzados. Más aún, pareciese que en ocasiones alejan más de la realidad al practicante.
¿Cuáles son los obstáculos?, ¿qué extraña “cercanía al árbol” nos impide ver el bosque?. No se trata de hacer una simple enumeración de aquello que no aporta nada al camino, aunque quizás esa enumeración nos permita alzar la mirada y ver un poco más allá del trasfondo que está limitando a numerosos practicantes. Pero antes, veamos algunos de los fundamentos que debieran caracterizar al espíritu de la práctica yóguica:
-No ser violento. Lo que significa no causar dolor a los cuerpos y tampoco agredir verbalmente a nadie –causa de trastornos emocionales-. Rehuir tanto la violencia hacia el entorno como hacia uno mismo. -Decir la verdad. No siendo suficiente el no mentir sino que hay que vivir con integridad, esto es “ser verdad”. No hablar mal de las personas y ser honesto con nuestras convicciones. -No robar. Por lo tanto no tomar aquello que no nos pertenece, dicho en el sentido más amplio. Ni siquiera el hacernos “merecedores” de un crédito que no nos es propio (méritos indebidos) o robarle el tiempo a alguien exigiendo una atención desmedida. -Ser contenidos. Esto es, mantener el principio de moderación en todo sentido. Evitar ser esclavo de nuestro propio deseo. -Estar satisfecho. Estar contento con lo que se tiene y que aceptemos lo que el destino nos depara.
Desde el máximo respeto a estos principios, podremos realmente realizar la práctica de las posturas, para comenzar a aproximarnos a nuestra realidad última. Sin embargo, aquí es cuando aparecen las auténticas dificultades:
* Entendemos que la mejor práctica es aquella que se realiza con mayor dificultad y esfuerzo. Nos olvidamos, en consecuencia, de que no debemos violentar nuestro propio cuerpo. Que no debemos exigirnos más de lo que podemos dar. Que no hay un canon perfecto fuera de nosotros. Y lo más grave, es que en la mayoría de las ocasiones lo hacemos –me refiero, a dejarnos arrastrar por las indicaciones de algún maestro- por simple inercia, sin cuestionarnos sobre el porqué de una práctica tan compleja o tan abusiva o tan lesiva.
* Entendemos que la mejor práctica es aquella en la que con cada sesión incrementamos nuestra flexibilidad, por el simple placer de hacerlo; o que nos abstrae más de nuestra realidad sin confrontarnos a ella (para percibir, a la postre, que ni siquiera es lo que creemos que es). Nos olvidamos, en consecuencia, de estar satisfechos de lo que somos, cómo somos y de hacer lo que hacemos en este momento. Poco a poco nos alejamos de la conciencia del aquí y el ahora, sustituyéndola por un proyecto de lo que posiblemente seremos.
* Entendemos que la mejor práctica es aquella que recibe los elogios del monitor que “premia” nuestro compromiso y entrega. ¿Qué hay del saber que nos dice: “Enciende tu propia luz. Sé tu propio maestro y sé tu propio discípulo”?. En realidad, ¿no estamos buscando la satisfacción de nuestro ego? Y, si fuese así, ¿existe algo que nos aparte más del camino hacia nosotros mismos?.
* Entendemos que la mejor práctica es aquella que nos permite olvidarnos de nosotros. Y entonces ¿cómo reconocernos si no nos “vemos”?, ¿cómo sublimar aquellas emociones, deseos, sentimientos que al aparecer en la práctica se excluyen porque nos alteran?, ¿cuál es entonces el sentido del yoga?.
Muchas son las dificultades actuales para el yogui o la yoguini, envuelto en una realidad desaforada que engulle practicantes para satisfacer insanos deseos de destacar, de hacernos distintos frente al entorno, de “rentabilizar” un negocio de técnicas alternativas… Y para ello, con muy pocos escrúpulos, prometemos la iluminación (el nirvana, el samadhi, la liberación absoluta), sin hacer entender que sin la observancia del espíritu del yoga, todo se convierte en una mera farsa o burla de aquello que pudo ser.
Enrique Rodríguez Mirón Director E.Y.T.A.
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