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EL MAL DEL YOGA FÍSICO |
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EL MAL DEL YOGA FISICO
En la práctica habitual se cometen constantes errores que provocan no pocos malestares y dolencias, alejándonos cada vez más del camino adecuado para acercarnos al fin último del yoga: conocernos en nuestra totalidad y aceptar lo que se es.
Desde hace unos años el yoga viene sufriendo unas actuaciones imprudentes por parte de los denominados “profesionales”. La imprudencia viene amparada básicamente en la ignorancia.
Resulta demasiado frecuente que los practicantes al acudir a las escuelas, asociaciones o centros donde se imparte esta enseñanza se encuentre con instructores (en el mejor de los casos) y maestros/gurus (en el peor de ellos) que imponen una disciplina supuestamente basada en la tradición del yoga:
- Es muy probable que se realice una prueba de selección para determinar el “nivel” del aspirante a la práctica.
- Es muy probable que se exija una determinada “flexibilidad” al aspirante a la práctica.
- Es muy probable que se le exija una “actitud” casi devocional hacia el centro y el maestro al aspirante a la práctica.
Ni uno solo de esos requerimientos se acerca a la verdad del yoga.
No es necesario que el practicante sea esbelto, delgado, flexible…. ya que la realización de la sesión busca el que el alumno sea capaz de sentir lo que siente, en la punto de la postura (asana) que haya alcanzado. El establecer unos requisitos físicos de partida limitará la realización de la sesión a todos aquellas personas que no tengan una flexibilidad concreta o que presentan una disminución física (dado que ello conlleva imposibilidad de realizar cierto grupo de posturas según la limitación).
Lo que en realidad es importante es que el alumno ejecute el asana y lo mantenga con constante atención en la experiencia que está viviendo. El que no alcance la postura o simplemente no pueda realizarla podrá ejecutar cualquier otra variante que -evidentemente- tiene que ser conocida por el instructor/monitor (cosa difícil si el aprendizaje ha sido a base de tablas preestablecidas que se repiten de forma constante en cada sesión).
También se encontrará el practicante con estructuras de clase que más que inducir al sereno vigor propio del hatha-yoga, avocan a un estado de estimulación y sobreexcitación lejano a la finalidad de esta disciplina. Al interesarnos por el motivo de la ejecución de ciertos movimientos o de ciertas posturas podremos obtener respuestas poco convincentes: “siempre se ha hecho así”, “de este modo lo he aprendido yo”,“ si te molesta ya se te pasará, es cuestión de insistir” e incluso se llegará a “forzar” al alumno a que alcance estiramientos que no puede realizar.
En todo caso, el practicante tiene que ser muy consciente de su cuerpo y no permitir que alguien ajeno (por muy maestro/a que sea) le provoque malestar, llegando incluso a la lesión. Se llegará cuando se pueda llegar, si es que se llega. El yoga no premia a quien se estire más o a quien ponga la pierna más alta o a quien se mantenga en equilibrio sobre las yemas de los dedos. El yoga busca volcar la mirada hacia dentro siendo carente de espíritu comparativo, no importando si el que está a nuestro lado llega más o menos lejos que nosotros o si es capaz de permanecer más tiempo en el mantenimiento de una postura. La práctica cerrando los ojos nos acerca a nosotros y todo lo que sea intentar amoldarnos o imitar a un modelo exterior nos aparta del camino correcto.
En consecuencia, todo instructor que se encarga de realizar posturas difíciles de ejecutar, por mero lucimiento o autosatisfación egoica, está realizando una simple sesión gimnástica, más o menos meritoria, pero en ningún caso cercana al sentido de la disciplina que en teoría intenta transmitir. Y si además fuerza a sus alumnos a seguirle en ese empeño, está cometiendo un doble mal.
Enrique Rodríguez Mirón Director E.Y.T.A.
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